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Agradecer la salud

Reflejo de una opinión
* Imagen: pasillo del hospital Cuatro de junio, Sáenz Peña
Después de ver Psyco, uno de los últimos documentales de Michael Moore, me quedó en la cabeza el primer testimonio de un señor que se cortó dos dedos de una mano al trabajar con una sierra. Él contó que al llegar al hospital, con las partes amputadas en un recipiente con hielo para que no se le pudrieran, lo primero que le explicaron es cuánto costaría cocerle cada uno (no tenían el mismo precio). Tuvo que decidir por uno, el más barato, porque apenas llegaba a los miles de dólares que le solicitaban. Hablamos de un ciudadano estadounidense, de clase media, nacido en ese supuesto primer mundo.
El mundo está lleno de contradicciones, y Estados Unidos también. En el país con más avances tecnológicos en medicina, el sesenta por ciento de los ciudadanos no poseen cobertura médica. La medicina gratuita no existe allí y los medicamentos cuestan más caros. Por eso el presidente Barack Obama impulsa con tanto énfasis la reforma sanitaria.
Por eso, antes de idealizar otras vidas e imaginar paraísos, primero habría que agradecer por lo que se tiene. Porque, si bien la atención no siempre es la mejor ni las condiciones tampoco (y existen problemas con los salarios de los médicos en algunos lugares), nadie le negará la entrada a uno en un hospital público argentino por no tener dinero en el bolsillo.

¿Halloween es cultura?


Lo que me sorprendió la tarde en que llegué a Sáenz Peña, en Chaco y a un poco menos de doscientos quilómetros de la capital Resistencia, fue ver que unos cuantos festejaban Halloween. ¿Tiene sentido? Frente al quiosco que aparece en la foto, adornado para la ocasión, un grupo de unos veinte chicos salían de la casa disfrazados y una madre dirigía para que algunos dijeran dulce o truco en unas y otras puertas. No sé cómo aguantaban, con cuarenta grados en el ambiente, las máscaras y las capas colocas. En Estados Unidos empezó como una fiesta pagana heredada de los inmigrantes irlandeses; ¿la finalidad es vender más dulces en la actualidad? Hay una cultura norteamericana de invasión –dijo el escritor cubano Alejo Carpentier- lo que llamaríamos una cultura colonizadora; digamos la palabra: imperialista. Consiste en ponernos ámbitos, trastocar las costumbres, imponer el idioma. Los cubanos vimos y padecimos mucho eso por la cercanía. Conocimos una época en la que hasta los letreros de los locales estaban en inglés. Eso no es cultura ni es nada. Es imposición de una sociedad de consumo, que trata de vender productos a través de los vehículos de la publicidad. Ahora, la cultura verdadera, de Ralph Waldo Emerson, de Paul Whitman, las novelas de William Faulkner, ¡bienvenida sea!
(Está la entrevista completa a Carpentier).