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Necesito ver el árbol

Reflejo de una introspección
Lo que me salva a veces del encierro en mi departamento es la vista de un árbol que está en frente. Su forma en zigzag como una víbora es curiosa. Lo observó de reojo, con la cortina entreabierta. El viento hace que lo pueda ver más o menos, según se mueve la tela. Y la visión no es tan buena igualmente. La reja del balcón me deja observarlo sólo a través de cuadros de hierro. Y las personas y los autos y los colectivos nunca dejan de pasar por esta zona tan circulada. Pero no sé, tiene algo que me tranquiliza un poco. Me hace sentir vivo.

Constancia

Reflejo de una introspección
Esa palabra me trae muchos recuerdos. Desde niño mi vieja me decía que era mi característica principal. Se lo dijo a un doctor que trataba de curarme (fui incorregible por suerte). Es que me temblaban demasiado las manos pero igual trataba de enhebrar una aguja. Una y otra vez. Transpiraba e igual seguía. Quería llorar e igual seguía. No veía e igual: hasta que lo lograba. Constancia. No soy inteligente. No tengo facilidad con los deportes. No nací con el don de la escritura. Mi memoria es más selectiva que lo normal. Cómo hago. Constancia.

Escribir

Reflejo de una introspección

Cómo me cuesta. Tanto como vivir. Pero no puedo dejar de hacer ni una de las dos. Y por eso lo intento todos los días, de una u otra forma. Con tinta o virtualmente. Lo pienso todo a su alrededor. Si salgo a correr es para poder descargar el sobrante de energía que no me permite estar sentado. Si me baño, es para no tener tanto calor en ese momento. Si como, es para que el bicho en la panza no me interrumpa en algún momento de reconstrucción. Necesito siempre de estimulantes (mate, café, otro mate, té después de comer). Soy obsesivo con el asiento. Lo muevo para adelante y para atrás, para un costado y el otro. Lo arrojo contra la pared por no acomodarse como quería. Trato que una de las patas con rueditas quede en el centro. Le echo culpa sino logro concentrarme. Ah, escribir, cómo cuesta. Encima que hace calor.

No comeré más carne

Reflejo de una introspección

No fue una decisión forzada. Simplemente desde el año pasado, que comencé a cocinar más seguidamente otra vez (en el trabajo comprábamos hecha), la carne se ausentó de mis platos. Recuerdo que unas estadounidenses que vinieron de intercambio a Buenos Aires me hicieron notar qué otros beneficios supone. Ellas venían de una comunidad en la que la mayoría se alimenta así desde el nacimiento. Es que sirve también para aportar al mantenimiento del ecosistema, del medio ambiente. Yo creía antes que sólo era por decir hay, pobres animalitos. No es una cuestión de gustos y puede implicar algunos sacrificios. Igual el cuerpo también lo agradecerá eventualmente. Eso sí, es necesario informarse bien sobre la reposición de proteínas. Todavía no lo hice pero ya no comeré más carne. Y sí les molesta, problema suyo. Y si lo pienso más por supuesto que no tiene ni sentido. Pero eso qué importa en esta vida.

Hay, pobre

Reflejo de una introspección

Evito la lástima. Me parece que es una de las cosas más atroces que se pueden sentir y expresar. Su momento de éxtasis total es cuando alguien pronuncia: ¡hay, pobre! Pobre, otra palabra que detesto tanto. Y si se lo dice al apuntar con el dedo a un chico que está en la calle, peor. En todo caso pobre vos (y yo), que necesitás de tu celular y de Facebook para sentir un poco de felicidad. A ese chico le alcanza con un plato de comida para sonreír. ¿Quiénes son los pobres? ¿Acaso es una raza como los Orcos del Señor de los Anillos? No señor, son personas en situación de miseria porque no se tiene democracia en la economía. Ya sé, exagero con lo de la frase. Porque termino por irritarme al escucharla hasta cuando realmente no quieren decir eso, o no tiene nada que ver. Es que ya la oí tantas veces con un aire de lástima que me generó rechazo total. Pensalo. A ver si te gustaría que alguien se compadezca de vos. No me sirve que me mires con esos ojos y la cabeza torcida.

La convivencia

Reflejo de una introspección

Conviví con cucarachas cual monje budista durante un año y medio, más o menos. No las tocaba. Veía cómo recorrían las paredes de la cocina, cerca de mi cepillo de dientes en el baño, dándose un festín debajo del aparador. Les gusta la oscuridad de mi departamento al parecer. A veces hasta les decía que me dejaran en paz. Ellas no se iban. Y se multiplicaban cada vez más, en cantidad y en tamaño. Sólo me irritaba, no sé bien por qué, al verlas pasar sobre alguno de los libros. Me enfurecía como si fueran a ensuciar el conocimiento que traen dentro. Entonces las hacía volar de alguna forma al patio. Hasta que un día comencé a matarlas. No ocurrió nada especial que recuerde. Sólo me saqué el calzado y aplasté una contra la pared, sin siquiera pensarlo antes, y los demás ya resultaron automáticos. Les tiraba agua para ahogarlas hasta que se perdían por las tuberías de la pileta de la cocina. Compré fluidos que parecen efectivos en exterminar y trampas sigilosas, con las que se recurre al hambre para engañar. Disminuyó la cantidad. Las que sobreviven quizás aprendieron a evitar los ataques y se organizan en grupos de resistencia. Eso sí, nunca dejé el cuerpo de una víctima a la vista. Ahora no sé qué me agarró que quiero volver a lo de antes, cuando convivíamos en paz. Lo intentaré.

Dar sin recibir

Reflejo de una introspección

Alguien anónimo, que seguramente me conoce, dejó un comentario en el blog de que soy una buena persona pero un colgado. La definición más acertada que encontré de esa palabra, para lo que la usamos, es que una persona está bajo los efectos de una droga, distraido. Siempre fui un introvertido que manejó bastante bien el tema (aceptablemente en lo social, se podría decir). No fue sencillo. Ahora me encerré devuelta en mí mismo. ¿Y qué hago? Escribo como un delirante. En la compu, hasta que se me cansa la vista. En el cuaderno, hasta que la mano derecha comienza a temblar. Es lo que hago, como soy. Si alguien quiere interrumpirme en el mientras, lo único que debe hacer, es llamarme. No me gusta hablar por MSN; simplemente creo que sirve para ciertos avisos, como los mensajes de texto del celular. Pero en esos ámbitos todo es ambiguo y finalmente lo que único que se logra es perder tiempo. El cariño que le confería a cada cual no disminuyó, sigue con la intensidad que me surgía. Si necesito saber cómo anda alguien lo llamo. O le mando un mail. O lo busco. El yo te doy algo para que vos respondas de igual o de mejor manera es un problema actual. Me parece que las palabras de la escritora brasileña Clarice Lispector, escritas en el diario Jornal do Brasil en 1967, explican el asunto: Amanecí con cólera. No, no, el mundo no me agrada. La mayoría de las personas están muertas y no lo saben, o están vivas con charlatanismo. Y el amor, en vez de darse, se exige. Y quienes nos quieren desean que seamos eso que ellos necesitan. El que me dice que no tendría que encerrarme a escribir, simplemente me niega. Sería un no yo. Está bien que hay límites. Y no lo hago sólo por mí. Escribir es una maldición desatada. Es dar. Sirve para que otros tengan con qué pensar. A veces los actos demuestran más que las palabras de todas formas (Palabras inútiles: te quiero mucho). Y tampoco soy tan buena persona, como se debe notar.

Ah, estoy en Buenos Aires

Reflejo de una introspección

Mirar al cielo y decir: Ah, estoy en Buenos Aires. Los edificios altos me lo recuerdan. También el ruido, los gritos, las sirenas, la prepotencia, los acentos, los teatros, los cines. Puedo salir a caminar y sorprenderme en los momentos, a veces tan seguidos, de cansancio por esta vida llena de complicaciones. Recorrer la avenida Corrientes a la noche por ejemplo, y ver una variedad muy rica de personas. Y que si quiero, puedo comprar un libro a la una de la mañana y hasta un CD de Mendelssohn o Chopin por seis pesos. Ver una película de Bosnia en los complejos Arteplex, si quiero, y escuchar el programa La venganza será terrible en vivo hasta las dos de la mañana. A veces pierdo la noción de saber dónde me encuentro por más que pasaron cuatro años desde que vivo aquí. ¿En Chaco? No, ya me fui. Creo. ¿Habrá cambiado algo? Todo cambia y todo sigue igual. Qué frase fácil de decir y de crear. Pero es verdad.

El abandono

Reflejo de una introspección
* Foto por Julián Carrara en Bolivia, donde hubo elecciones presidenciales. Algunos de sus ciudadanos viven con dos dólares al día. En la imagen, un mercado con productos variados.
Tanto en el mundo y sin embargo:
-Qué hacés, che.
-Nada, al pedo, no sé qué hacer.
Es que la vida, tan cruel, no vale la pena para esforzarse. Más fácil es la resignación, más sencillo es el abandono. La realidad es tan complicada que mejor fumarse un porro. Pero como mis vecinos del segundo: uno a las once, otro a las tres después de comer, a las cinco como merienda, a las 19 de segunda vuelta, y por supuesto, a la noche unos cuantos. Total la fiesta recién empieza y para qué complicarse.

Palabras inútiles: te quiero mucho

Reflejo de una introspección
Decir te quiero mucho carece de valor. No tiene sentido. El amor, el cariño, hay que demostrarlo. Con un llamado o un golpe en la puerta en el momento justo, con un silencio, con sostener la cabeza y el cabello en el instante del vómito. Anunciarlo de por sí es sencillo; eso demuestra algo. Probá si no. Decile a las cortinas, a las toallas, a los pájaros, al césped, a los excrementos, al viento. Levantá la voz, gritalo; agregale unas lágrimas si querés. ¿Viste que es fácil? En el presente se llega a la hipocresía de escribirlo por Facebook como si su fuerza dependiera de la cantidad que avisa que le gustó (¡Qué tiernos!). Qué triste.

Simples destinos

Reflejo de una introspección
*Imagen por Julián Carrara en Bolivia
El azar te pondrá a prueba. Siempre. En un aula con un amigo que te pide una respuesta durante el examen, un empleado de una verdulería que te devuelve de más en el cambio, con la necesidad de ayudar a una persona no vidente a cruzar la calle sin que otro te lo exija. En vos estará no responder pero tampoco delatar, en devolver la plata sin esperar algo a cambio o considerarte un santo, en vencer ese inexplicable miedo de ayudar a otro sin ofenderlo. En esos simples destinos están los grandes hechos; no en los Tratados o las Cumbres internacionales.

Un poco de ignorancia desatada

Reflejo de una introspección


Empecé a cursar Macroeconomía, por tercera vez, el lunes pasado. Lo digo porque así será en mi cabeza, hasta que el año que viene pueda. Es que desaprobé el segundo parcial y el profesor definió que ya no podría recuperar nada. ¡No pueden hilvanar una idea!, dijo al empezar a corregir mi examen; en el aula sólo había otra alumna en ese momento, y la miró a ella. Luego: No puedo ser demagogo, tenés que sentarte a leer. Así salen después ustedes los periodistas. Respondí con el silencio, aunque antes había intentado absurdamente que me diera otra oportunidad. Pensé sobre la demagogia; qué habrá querido decir. Por la tarde me di cuenta que no le dije algunas cosas al profe: que por lo menos fui uno de los pocos que no hizo trampa en ese examen; que sí estuve todo el fin de semana, y el anterior, leyéndolo; que estoy seguro que se puede aprender más de la vida con la novela Rayuela que con cualquier clase de economía; que me molestó cien veces más haber escrito tazas con z cuando era tasas; que lo único que me quedó en la cabeza de ese manual de ochocientas páginas a doble columna es la frase: Las personas que son muy ricas –ya sea por herencia, por cualificaciones o por suerte- disfrutan de unas rentas muy superiores a las que tienen el hogar medio. Los que no tienen nada parten de una situación de desventaja. Ya sabía que el capitalismo no sirve y que mientras existan los ricos habrá miseria. ¿No pueden aparecer con una teoría del siglo XXI, al saber tanto de macro y mircro, que incluya la democracia en la parte económica? (Parece que unos cuantos piensan algo similar). Los conceptos están equivocados -dijo como despedida-, andá nomás. Sé que la economía es importante, y que se la puede tratar entretenidamente, pero la verdad que cuesta leer ese manual al tener en la biblioteca a Cortázar, García Márquez, y Kapuściński. Tal vez los que hacen periodismo, en general, deberían estudiar más. Pero así también si los que manejan las teorías de la inflación aprendieran a escribir de manera más bella, todos entenderíamos mejor la cuestión.