Ah, estoy en Buenos Aires

Reflejo de una introspección

Mirar al cielo y decir: Ah, estoy en Buenos Aires. Los edificios altos me lo recuerdan. También el ruido, los gritos, las sirenas, la prepotencia, los acentos, los teatros, los cines. Puedo salir a caminar y sorprenderme en los momentos, a veces tan seguidos, de cansancio por esta vida llena de complicaciones. Recorrer la avenida Corrientes a la noche por ejemplo, y ver una variedad muy rica de personas. Y que si quiero, puedo comprar un libro a la una de la mañana y hasta un CD de Mendelssohn o Chopin por seis pesos. Ver una película de Bosnia en los complejos Arteplex, si quiero, y escuchar el programa La venganza será terrible en vivo hasta las dos de la mañana. A veces pierdo la noción de saber dónde me encuentro por más que pasaron cuatro años desde que vivo aquí. ¿En Chaco? No, ya me fui. Creo. ¿Habrá cambiado algo? Todo cambia y todo sigue igual. Qué frase fácil de decir y de crear. Pero es verdad.

Trabajo de mierda | Escuché



-Qué trabajo de mierda le toca a ese -dijo él. Luego entró al Alto Palermo para comprar más ropa.

Bagdad, la ciudad más fea del mundo

Tres guerras, doce años de embargo internacional y treinta y pico de años de satrapía baasista han convertido a Bagdad, que en los años cincuenta tenía fama de ser muy atractiva, en la ciudad más fea del mundo (…) Los Alí Babás desvalijaron y dejaron en la calle, sin bienes y sin techo, a media ciudad. ¿Quiénes eran estos saqueadores? Sadam Husein, para celebrar su reelección como presidente por el cien por cien de los votos, el 15 de octubre de 2002 abrió las cárceles del país y soltó a todos los delincuentes comunes (…) Un pueblo no puede vivir castrado y sumido en la abyección del terror y el servilismo, como han vivido los iraquíes las tres décadas de la dictadura del Baaz y los veinticuatro años de presidencia de Husein, sin reaccionar, al sentirse de pronto total y absolutamente libre, con esa explosión de anarquía, libertinaje y salvajismo que ha destruido Bagdad y dejado una herida sangrante en el alma de todos los bagdadíes.
(Mario Vargas Llosa, Diario de Irak, 2003).

Una cirujana en Irak


Una cirujana iraquí está indignada, enfurecida, no sabe cuánto más aguantará. Vivió muchos atentados pero no recuerda unos tan dañinos como los de esta vez. Tuvo que hacer ocho operaciones de urgencia seguidas. Ni siquiera sabe si se salvarán y las probabilidades no son alentadoras. Ella habla y de fondo se escuchan gritos permanentes. Entre los escombros de las tragedias se suele encontrar calzados sueltos. Es como si esperaran a que sus dueños regresen.