Sustituir la identidad

Vi la peli Identidad sustituta el otro día. Si bien es una más de Hollywood, me ayudó a pensar, otra vez, en el fenómeno social Facebook. Por qué en la peli las personas ya no salen a la calle, mandan en vez a un robot al que transmiten sus sensaciones por una máquina desde la que están acostados en sus casas. Todo el tiempo. Pero de esta manera, a su vez, un gordo puede mandar en representación suya a una rubia con tetas. Un viejo a un chico de quince años. Una adolescente a una de cincuenta. Pueden ser otros (falsos); pero que los demás lo vean y los toquen así. Me hizo pensar, otra vez, en cuántos deben ser las verdaderas (o al menos similares) personas que se muestran en la Red. Cuántos deben mostrar sólo su cara bonita allí, o la que se les haya ocurrido. O los que aprovechan para insultar tras el velo de un nombre falso. Encima escuché dos publicidades por radio. Una no sé de qué era, pero empezaba con un señor que le decía a una mujer: "Vamos a tutearnos, ya podés comentar mis fotos o seguirme por Twitter"; y la de una revista que promocionaba su nuevo número con una nota sobre cómo hablar con tu pareja ("Ya sabés chatear con él, ahora aprendé a dialogar con él en persona"). El primer consejo tal vez sea dejar de mirar la pantalla durante un rato.

Más real

                                                                Pintura por Emili Parejo
Lo que hizo Kapuscinski está ya fuera de toda duda, según el escritor Timothy Garton Ash en un artículo sobre la biografía del polaco. Es que en ella su discípulo revela que Kapuscinski habría tergiversado, más de lo que se creía, la realidad en sus novelas de no ficción. Si se tiene en cuenta que la frontera entre periodismo y literatura es difícil de precisar (no hay muro), habría que evitar cruzarla sin avisar al lector, sin cambiar la etiqueta. Igual confío que el fin del autor de Ébano era hacer más real la realidad. Como los pintores.

La tortura más dulce

                                                                                             Foto por José Luis Ruiz
Inspirada en una balada sobre un héroe mítico serbio, Marguerite Yourcenar creó el cuento "La sonrisa de Marko" que salió en su libro Cuentos Orientales. En él supe sobre el deseo de un gran joven, el de una viuda, el de una bailarina. La venganza también aparece y en una manera cruda. Marko es flagelado: le clavan clavos, le ponen carbón ardiente sobre la piel; sin embargo no se inmuta (los otros querían saber si en verdad ya estaba muerto). ¿Cuál tortura podría ser peor? Llamen a las muchachas del pueblo, dice la ejecutora, ya veremos si el amor continúa torturándolo. Bailan las muchachas y Marko no puede evitar sonreír frente a los verdugos al ver a la más bella. Lo dijo Mandela también en una carta a su esposa desde prisión: El sufrimiento físico no es nada comparado con el pisoteo de los delicados lazos de cariños.

Madre y liberación

                                                                                                 Foto por Jesús Belzunce
Ella caminaba con la mochila apretada para que no se le escape. Tres tiras como cintos la atravesaban por adelante. Él le decía: Llega un punto, más avanzado, que significa la liberación total.


La puta madre, gritó la madre en el DVD club, siempre que venimos acá tenés que ir al baño. Dejá, salí, yo no puedo entrar a limpiarte si hiciste caca. Vamos así como estás. El otro hijo, algo más grande, hacía un ruido como si tuviera deficiencia mental. ¿Qué te pasa a vos? -Tengo tos. Luego la madre tumbaría un estante entero con películas. Esta vez fue mamá, confesó a todos.